Pudrición del bulbo facilitada y exacerbada por el ácaro Rhizoglyphus robini
En la industria de procesamiento de alimentos, la morfología del bulbo y sus propiedades geométricas —es decir, las dimensiones físicas, espaciales y características de forma— son parámetros clave para determinar su calidad y aptitud para distintos usos industriales. Sin embargo durante el desarrollo del bulbo la cebolla puede ser susceptible al ataque del ácaro del bulbo Rhizoglyphus robini (Astigmata: Acaridae) es una plaga de bulbos florales, hortalizas y cereales. Ataca a la cebolla (Allium cepa), ajo (Allium sativum), lirio (Lilium longiflorum) y ruscus (Danae racemosa). El daño puede deberse al ácaro o a su interacción con hongos patógenos como Fusarium oxysporum, Pythium aphanidermatum y Rhizoctonia solani. Estudios previos han demostrado que los ácaros se sienten atraídos por compuestos volátiles emitidos por hongos y que su fecundidad aumenta en presencia de estos.
La cebolla constituye un cultivo de alto valor comercial, generador de ingresos para agricultores, comerciantes nacionales e internacionales, así como para la industria procesadora. En 2022, la producción mundial se estimó en 110.62 millones de toneladas, cultivadas en más de 5.97 millones de hectáreas. Los principales países productores de cebolla seca son India, China, Egipto, Estados Unidos, Bangladesh, Turquía, Pakistán, Indonesia, Irán y Argelia.
Desde el punto de vista económico, dentro de la familia Amaryllidacea, el género Allium es uno de los más significativos, con más de 800 especies. Entre ellas se incluyen hortalizas de gran relevancia como la cebolla (Allium cepa), la cebolla de verdeo o cebollín (Allium fistulosum), el ajo (Allium sativum), el cebollino (Allium schoenoprasum), el puerro (Allium ampeloprasum var. porrum) y el chalote (Allium ascalonicum). Dentro de este grupo, la cebolla destaca como una de las hortalizas más antiguamente domesticadas y actualmente se cultiva de manera extensiva en todo el mundo. En términos de producción y consumo global, ocupa el segundo lugar entre las hortalizas más importantes, solo superada por el tomate. Además, entre las hortalizas de sabor picante, es la más consumida a nivel mundial.
Los bulbos de cebolla forman parte esencial de la dieta diaria de millones de personas en todo el mundo. Pueden consumirse frescos, cocidos o procesados en productos como hojuelas deshidratadas, polvo de cebolla, encurtidos y salsas. Desde el punto de vista nutricional, los bulbos de cebolla son ricos en carbohidratos, fibra dietética, vitaminas y minerales esenciales como potasio, calcio y magnesio. Además, contienen numerosos compuestos bioactivos, entre ellos flavonoides, polifenoles y compuestos azufrados, reconocidos por sus beneficios para la salud. Gracias a estas propiedades, la cebolla es considerada una materia prima fundamental en la industria de alimentos funcionales y farmacéutica. Asimismo, algunos de sus compuestos bioactivos se emplean en la elaboración de biopesticidas agrícolas y productos cosméticos.
Rhizoglyphus robini se desarrolla en el suelo y se alimenta de tejidos vegetales blandos, especialmente de bulbos, raíces y plántulas jóvenes. Los daños directos se manifiestan como lesiones en la base de los brotes, necrosis en raíces y retraso en el crecimiento. Sin embargo, el impacto más severo proviene de su interacción con hongos fitopatógenos, principalmente especies de Fusarium, Pythium y Rhizoctonia. Estas asociaciones generan un círculo vicioso: los hongos debilitan el tejido vegetal, lo que facilita la alimentación del ácaro, y a su vez, el ácaro transporta e introduce los patógenos en nuevas heridas, acelerando la pudrición.
Medidas preventivas incluyen utilizar semilla certificada, sustratos libres de patógenos, rotación de cultivos y desinfección de suelos
Estudios recientes han demostrado que R. robini no solo sobrevive en presencia de hongos, sino que muestra preferencia por tejidos infectados. Incluso, su fecundidad aumenta cuando se alimenta de plántulas colonizadas por Fusarium oxysporum. Esto confirma que el ácaro no debe considerarse únicamente un parásito secundario, sino un factor clave en la compleja interacción suelo–planta–patógeno. Los signos visibles de daño generalmente no son evidentes hasta que las poblaciones de ácaros del bulbo son extensas. Los bulbos infestados pueden pudrirse, con un crecimiento nuevo atrofiado y deformado. Los ácaros del bulbo son plagas secundarias, comúnmente asociadas con bulbos previamente dañados por larvas de mosquitos de los hongos y/o patógenos de pudrición radicular. Infestan bulbos y cormos penetrando la placa basal o las capas externas de la piel. Los bulbos infestados se descomponen y se pudren.
Los síntomas de infestación incluyen desde retraso en el crecimiento con poblaciones bajas, hasta la incapacidad de los bulbos de producir nuevos brotes en infestaciones severas. Las hojas se tornan atrofiadas, deformadas y amarillas. Las flores no se desarrollan. Los bulbos infestados muestran decoloración marrón-rojiza y pueden pudrirse después de la siembra.
Los sitios de alimentación facilitan la entrada de Rhizoctonia, Pythium y Fusarium. Las poblaciones de ácaros pueden aumentar más rápidamente en bulbos infestados con Fusarium y otros hongos. Los signos de daño pueden no ser evidentes hasta que se desarrollan poblaciones grandes. Los ácaros del bulbo tienen un ciclo de vida corto y un alto potencial reproductivo. Su ciclo consta de huevo, larva, ninfa y adulto. Tienden a presentarse en grupos o colonias. Existe también una etapa no alimenticia llamada “hipopo”, que aparece cuando hay sobrepoblación. Esta forma puede adherirse a otros insectos para dispersarse.
Los ácaros del bulbo miden entre 1/50 y 1/25 de pulgada de longitud, con ocho patas. Son de color blanco brillante a translúcido, con dos manchas marrones en el cuerpo y patas cortas de color rojo anaranjado. Estos ácaros, extremadamente pequeños y de movimiento lento, suelen encontrarse en racimos debajo de las escamas del bulbo o en la base del mismo. Cada hembra puede poner hasta 100 huevos durante su vida. El ciclo de vida completo dura aproximadamente 40 días, dependiendo de la humedad relativa, la temperatura y la planta hospedera. Por ejemplo, a 25° C, el ciclo puede completarse en unos 12 días. No presentan una etapa de reposo o diapausa.
El manejo de esta plaga requiere un enfoque integrado. Entre las medidas preventivas destacan el uso de semilla certificada, sustratos libres de patógenos, rotación de cultivos y desinfección de suelos. En algunos casos se han evaluado suelos supresivos y enmiendas orgánicas que reducen la incidencia de hongos y, en consecuencia, limitan el desarrollo del ácaro. El control químico es limitado y poco efectivo en etapas tempranas, por lo que la prevención y el manejo cultural resultan esenciales.

