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TOMATE

por Redacción

Huella de carbono e hídrica en la producción de tomate: Oportunidades para una agricultura sostenible

La agricultura moderna se encuentra en una encrucijada crítica. A nivel global, la actividad agropecuaria es responsable de aproximadamente el 10% al 12% de las emisiones totales de gases de efecto invernadero (GEI). Si sumamos el cambio de uso de suelo destinado a estas actividades, la cifra puede escalar hasta un 20%. En este escenario, el cultivo de tomate, uno de los pilares de la dieta global y la economía mexicana, enfrenta el reto de producir más con un menor impacto ambiental.

La variabilidad en las emisiones de GEI en la producción de tomate es notable y depende directamente del sistema tecnológico empleado. Mientras que en sistemas de campo abierto se estima una huella de carbono (HC) que oscila entre 0.2 y 2.0 kg de CO₂ equivalente por kilogramo cosechado, en sistemas protegidos o bajo invernadero estas cifras pueden dispararse hasta los 9.4 kg de CO₂e.

Esta disparidad no es casualidad; responde a diferencias en los rendimientos, el uso intensivo de energía y las características del terreno. Investigaciones recientes sugieren que la variabilidad de la huella de carbono entre fincas es la clave para identificar las mejores prácticas. Por ejemplo, en el manejo de cultivos, se ha demostrado que factores bioquímicos del suelo y el manejo de fertilizantes nitrogenados influyen más en las emisiones que las características físicas del terreno por sí solas.

Incluso el sistema de riego juega un papel determinante: el riego por goteo —específicamente el subterráneo— ha mostrado ser significativamente más eficiente en la reducción de emisiones de óxido nitroso (N₂O) en comparación con el riego por surcos tradicionales.

La variación en la huella de carbono de distintos cultivos alimentarios está influenciada principalmente por el uso de fertilizantes nitrogenados. Diversos estudio han demostrado que las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) a escala de campo están determinadas en mayor medida por parámetros bioquímicos del suelo que por sus características físicas. Las diferencias en la actividad microbiana, afectadas por prácticas como el riego y la labranza, generan distintos niveles de control sobre estas emisiones.

Más Allá del Carbono: La Necesidad de una Visión Integral

Aunque el cambio climático domina la agenda global, centrarse exclusivamente en la huella de carbono puede ser engañoso. Para una empresa agroalimentaria, optimizar la cadena de suministro basándose solo en emisiones de CO₂ podría ocultar impactos negativos en otros recursos vitales, especialmente el agua.

Es aquí donde el Análisis de Ciclo de Vida (ACV) se convierte en la herramienta de gestión por excelencia. El ACV permite evaluar el desempeño ambiental completo de un producto «desde la cuna hasta la tumba», facilitando la comunicación transparente con consumidores y autoridades a través de etiquetas ambientales.

En general, la variación en la huella de carbono de los productos agrícolas está relacionada con las propiedades del suelo, el manejo agronómico, el tipo y cantidad de fertilizantes aplicados, el sistema de riego y la superficie cultivada. Hasta el momento, no se ha documentado un análisis detallado de esta variabilidad en la producción de tomate a campo abierto a nivel de finca individual.

A nivel global, este tipo de consumo se encuentra entre los tres principales responsables del impacto ambiental, junto con sectores como el transporte y la vivienda. El cambio climático y la escasez de agua dulce son dos de los retos más críticos que afectan tanto a los ecosistemas como a la humanidad. La agricultura contribuye con cerca del 10-12 % de las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) a nivel mundial, y en países como Australia representa hasta el 18 % del perfil de emisiones, con niveles per cápita muy superiores al promedio global. A esto se suma el estrés hídrico global, que amenaza con generar daños ambientales irreversibles. La agricultura consume el 70 % del agua dulce disponible y es una fuente significativa de contaminantes que afectan la calidad del agua.

Existe consenso entre ciudadanos, gobiernos e instituciones sobre la necesidad de modificar los patrones actuales de producción y consumo para reducir el impacto ambiental. En este contexto, el enfoque de ciclo de vida, aplicado mediante herramientas como el análisis de ciclo de vida (ACV), se ha consolidado como una metodología eficaz para evaluar el desempeño ambiental de los productos agroalimentarios, comunicar resultados a consumidores y actores clave, e identificar oportunidades de mejora.

La Huella Hídrica: El Oro Azul en la Agricultura

El agua dulce es, hoy más que nunca, un recurso estratégico. Dado que la agricultura consume el 70% del agua dulce disponible a nivel mundial, la medición de la Huella Hídrica (HH) ha pasado de ser una métrica académica a una necesidad operativa.

Se han desarrollado metodologías para analizar y cuantificar el uso del agua, con el fin de comprender mejor la relación entre las actividades productivas humanas y la presión creciente sobre el recurso hídrico, tanto en su uso directo como en el agua incorporada en productos y servicios. Una de estas metodologías es la huella hídrica (HH), introducida como herramienta para evaluar el consumo de agua en todas las etapas de producción.

Desde su creación, numerosos estudios han aplicado esta metodología en el ámbito agrícola, abarcando tanto la fase de cultivo como el procesamiento, distribución, consumo y disposición final. La huella hídrica permite visibilizar el impacto del agua utilizada en cada etapa del ciclo de vida de un producto, y se ha convertido en un indicador clave para promover un uso más consciente y sostenible del recurso.

La Huella Hídrica se desglosa en tres componentes esenciales que todo productor debe conocer:

  1. Agua Verde: Agua de lluvia incorporada en el producto o evaporada durante el proceso.
  2. Agua Azul: Agua proveniente de fuentes superficiales o subterráneas (riego).
  3. Agua Gris: Volumen de agua necesaria para diluir los contaminantes derivados del proceso productivo hasta alcanzar estándares de calidad.

Estudios comparativos en regiones con alto estrés hídrico, como Australia, han revelado variaciones drásticas en la huella hídrica del tomate, que van desde los 1.9 hasta los 16 litros por kilogramo producido. Estos datos subrayan que el manejo agronómico y la ubicación geográfica son determinantes para la sostenibilidad hídrica.

Su relevancia está vinculada a la necesidad de generar conciencia sobre el agua incorporada en los bienes y servicios que consumimos, así como sobre los cambios posibles en los sistemas de producción, los hábitos alimentarios y las dinámicas comerciales.

La evolución del concepto se refleja en los enfoques adoptados a lo largo del tiempo: en sus primeras aplicaciones, el objetivo principal era evaluar el comercio de agua virtual a escala global; posteriormente, se avanzó hacia la cuantificación precisa de sus tres componentes en cultivos específicos y regiones determinadas. En las evaluaciones más recientes se observa una convergencia metodológica y una mayor uniformidad en las herramientas utilizadas.

Sinergia para la Toma de Decisiones

La evaluación simultánea de las huellas de carbono y agua ofrece a los productores y tomadores de decisiones una visión panorámica. La meta no es solo reducir un indicador, sino evitar las «compensaciones» donde la mejora en un área (como el uso de energía) resulte en un perjuicio en otra (como el consumo de agua). El agua dulce, vital para salud y producción, enfrenta escasez por sobreexplotación. Metodologías como la HH cuantifican su uso directo e incorporado, aplicadas en agricultura desde cultivo hasta disposición. Compuesta por agua verde, azul y gris, evalúa integralmente según normas internacionales, fomentando conciencia sobre sistemas productivos, hábitos y comercio.

Inicialmente enfocada en comercio global de agua virtual, evolucionó a cuantificaciones precisas por componentes en cultivos y regiones, con mayor uniformidad metodológica reciente.

En un mercado mexicano que busca consolidar su liderazgo en la exportación de hortalizas, la adopción de estas metodologías de cuantificación no es solo una cuestión de ética ambiental, sino una estrategia de competitividad internacional y resiliencia ante el cambio climático.

El análisis de ciclo de vida (ACV) evalúa el desempeño ambiental de productos agroalimentarios, identifica mejoras y comunica resultados. Aunque enfocado en cambio climático, la HC ayuda a empresas a reducir emisiones y optimizar cadenas, guiada por estándares internacionales. Sin embargo, sola puede ser engañosa al ignorar compensaciones con otros impactos, como el uso del agua.

La huella hídrica (HH), complementaria, aborda la escasez de agua dulce y se alinea con normas en desarrollo. Evaluar HC y HH simultáneamente ofrece una visión integral. En Australia, la HH de tomates varía de 1.9 a 16 L por kg, comparada con 98 L por frasco de salsa o 5 L por bolsa de chocolates. Estudios previos cubren energía, GEI, agua, eutrofización y acidificación hasta la finca, revelando compensaciones que complican decisiones.

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